Un inicio feliz… y el mundo empezó a dar vueltas
Pablo nació el 8 de mayo de 1999. Con sus enormes ojos y muy delgado, fue un bebé muy bueno, tranquilo y siempre con ganas de comer.
Fue una etapa muy feliz: empezó su vida rodeado de amor y cariño por parte de nosotros, sus padres, y también de sus abuelos, familiares y amigos. Para los abuelos maternos, que lo recibieron como su primer nieto, Pablo se convirtió en el centro de sus vidas.
A una edad muy temprana comenzó a hablar y su desarrollo parecía normal, aunque alrededor de los dos años comenzaron a aparecer rabietas y conductas repetitivas y desreguladas que no sabíamos a qué obedecían. Mostraba una fijación especial por objetos o juguetes a los que daba vueltas constantemente… incluso se sentaba durante largos ratos frente a la lavadora, observando hipnotizado cómo giraba el tambor.
Tropiezos, señales y una búsqueda a ciegas
Pablo comenzó a acudir a una escuela infantil con apenas dos años. Ya entonces las educadoras nos alertaban de que su evolución no era acorde a su edad. Su paso por la escuela fue breve: poco antes de cumplir los tres años, sufrió una caída que le provocó la rotura del fémur. Estuvo un mes hospitalizado y después otros dos meses más en casa, escayolado desde la cintura.
Muchos de los comportamientos que empezaban a preocuparnos —rabietas, cambios bruscos de ánimo, respuestas desreguladas— los atribuíamos entonces al trauma físico y emocional de aquella caída.
Más tarde comenzó su etapa escolar en un colegio, dentro de una clase ordinaria de infantil. Pero sus dificultades se acrecentaban: problemas de aprendizaje, falta de interacción con sus iguales, ecolalias, estereotipias, rabietas frecuentes y alteraciones de conducta.
Tuvimos la suerte de coincidir con maestras que mostraron siempre mucho cariño y voluntad de ayudarlo, pero el desconocimiento sobre cómo hacerlo —por su parte y por la nuestra como familia— era cada vez mayor.
Del desconcierto a la claridad: el día que pusimos nombre a todo
Comenzó entonces un auténtico peregrinaje en busca de ayuda profesional. Acudimos a psiquiatras, psicólogos, pedagogos… pero todos descartaban el diagnóstico de autismo. En aquel momento, a Pablo se le diagnosticó disfasia mixta, un término que, lejos de tranquilizarnos, nos sumió en una etapa de gran desconcierto y angustia.
Aun así, iniciamos terapia individual en un gabinete especializado. Fue el primer paso firme: empezamos a trabajar conjuntamente, profesionales y familia. Aquel fue un avance decisivo. Por primera vez, sentíamos que algo se estaba moviendo, que había un camino.
Ese proceso supuso para Pablo —y también para nosotros, sus padres— un punto de inflexión. Poco a poco, comenzamos a entender su mundo, su forma de ver, sentir y comunicarse. Por fin teníamos algo de luz.
El diagnóstico definitivo llegó gracias a nuestro querido Dr. Ángel Díez Cuervo, quien, cuando Pablo tenía seis años, nos lo dijo con claridad: Pablo tenía autismo.
Fue un momento clave. Un golpe, sí. Pero también un enorme alivio. Porque por fin sabíamos a qué nos enfrentábamos. Porque por fin podíamos empezar a construir con sentido. Fue un momento de preocupación… pero también de esperanza. Ahora sí: había que ponerse manos a la obra. Buscar los mejores apoyos. Construir un horizonte a su medida.
El lugar al que pertenecíamos
Pablo comenzó en el Colegio Público Jacarandá, donde pasó seis años en un aula específica de autismo con profesionales especializados. Fueron años de muchos avances, de inclusión real y de respeto por sus ritmos. Aquel entorno permitió que Pablo empezara, por fin, a tener un mundo a su medida.
Fue en esta etapa, ya con un diagnóstico definitivo, cuando comprendimos con claridad cuál era nuestro lugar —el de Pablo y el de nosotros como familia—: Autismo Sevilla.
La llegada a la Asociación marcó un antes y un después en nuestras vidas. Conocer a otras familias en la misma situación, compartir preocupaciones, momentos duros y también logros, sentirnos acompañados y recibir apoyos específicos y adecuados… Todo eso fue una palanca emocional y práctica que lo cambió todo.
A partir de ahí, comenzó un trabajo real: coordinado, compartido y profundo entre colegio, profesionales de Autismo Sevilla y familia. Y gracias a esa alianza, empezamos a conocer mejor a nuestro hijo. Y también a ayudarlo mejor.
Buscar de nuevo, y empezar de nuevo
Tras la etapa de Primaria, llegaron las complicaciones de la adolescencia. La modalidad educativa de aula específica que tan buenos resultados había dado hasta entonces, comenzó a volverse inviable en Secundaria.
Por un lado, la propia y compleja evolución de Pablo en esta etapa vital. Por otro, la dificultad para lograr una inclusión real en un entorno donde el alumnado también atravesaba sus propios procesos adolescentes. A eso se sumaba el cambio de modelo educativo en Secundaria, y una falta evidente de profesionales especializados en esta etapa.
Todo ello nos llevó a buscar otra modalidad educativa para él.
Así fue como llegamos al Colegio Específico Virgen de la Esperanza, donde Pablo estuvo dos años. Y con 14 años comenzó una nueva etapa en el Colegio Específico de Autismo Ángel Rivière (de Autismo Sevilla), donde cursó hasta los 21 años.
Sin duda, estos últimos años fueron una de las etapas más positivas para Pablo. También lo fueron para nosotros como familia: de aprendizaje, de conocimientos, de verdadera capacitación.
Nos encontramos con grandes profesionales especializados en autismo, que nos ayudaron a conocerlo aún más, a comprenderlo, a acompañarlo mejor.
Fue un trabajo compartido, constante y valiente entre colegio, asociación y familia. Un equipo que entendió lo que Pablo necesitaba. Y se lo dio.
Un presente activo, y un futuro con sentido
A partir de los 21 años, Pablo comenzó su etapa adulta en la Unidad de Día El Pino de Autismo Sevilla, donde, una vez más, nos encontramos con profesionales especializados en autismo que conocen bien sus intereses, sus fortalezas y también cómo apoyarlo en los momentos difíciles.
Allí, cada día trabajan para que Pablo desarrolle actividades afines a sus gustos, potenciando al máximo sus capacidades.
Junto a su rutina diaria en la Unidad de Día, Pablo disfruta practicando deportes que lo hacen feliz, como patinar o montar en bicicleta —una afición que comparte con su padre—.
Además, asiste a un club de atletismo en Alcalá, acompañado de una persona de apoyo formada en autismo. Allí se siente respetado, incluido y valorado por el resto del grupo, que lo acoge como uno más.
Este espacio demuestra que la inclusión es posible, que una vida normalizada, activa y plena puede lograrse si existen la sensibilización social necesaria y los apoyos adecuados.
Una vida con sentido… y una pregunta sin resolver
A Pablo también le encanta la música. Tiene buen oído, y disfruta eligiendo vídeos en YouTube, cantando canciones y bailando.
Desde pequeño ha demostrado una habilidad especial para hacer puzzles —es capaz de montarlos sin mirar la imagen—, una afición que mantiene hasta hoy.
Y aunque sus dificultades de comunicación e interacción están presentes, a Pablo le gusta mucho socializar. Uno de sus planes favoritos es salir con sus amigos de siempre —los que lo conocen desde pequeño— para una cena de pizza y un paseo los viernes por la noche.
Su vida transcurre de forma muy organizada, centrada en los planes y actividades que más disfruta. Siempre hemos puesto todo nuestro esfuerzo en que tenga una vida lo más normalizada posible, participando en su comunidad, en su entorno, en su ocio… sin poner límites, atreviéndonos a probar cosas nuevas.
Le encanta viajar en coche, recorrer y descubrir nuevos lugares, donde también conoce a personas maravillosas. Todo esto lo hacemos siempre de la mano de sus profesionales de referencia, construyendo juntos una red de apoyo firme, coherente y afectiva.
Confiamos profundamente en Pablo y en sus capacidades. Aprendemos cada día de sus baches, de sus desregulaciones emocionales, de los episodios de incertidumbre o tensión… pero también disfrutamos —y mucho— de sus momentos de alegría, de complicidad, de sus sonrisas maravillosas que nos regala a diario.
Como tantas familias, nuestra gran preocupación es el futuro. Especialmente al ser hijo único, nos preguntamos qué pasará cuando nosotros no estemos. La vida independiente es uno de los grandes retos que tenemos por delante.
Y por eso luchamos: para que nuestro hijo —como tantos otros— tenga una vida digna, con opciones que se ajusten a sus necesidades, con profesionales especializados que le acompañen y que le ayuden a seguir desarrollando su proyecto de vida.
Autismo Sevilla es mucho más que una asociación: es una red de apoyo y un pilar al que aferrarse.
En la asociación, las familias encuentran comprensión, acompañamiento y la oportunidad de compartir vivencias con quienes atraviesan realidades similares.
La fuerza del movimiento asociativo, de trabajar unidos por una causa común y con el objetivo de mejorar la calidad de vida de sus hijos e hijas, hace que Autismo Sevilla sea un pilar al que aferrarse a lo largo de los diferentes ciclos vitales de la persona, desde el diagnóstico a la vida adulta.
Todo ello, de la mano de profesionales entregados y especializados en autismo, que hacen de la entidad un verdadero nexo de unión.
Construyendo su horizonte, construimos su futuro .
Los fondos recaudados por el #RetoPichón 2025 irán dirigidos directamente a Autismo Sevilla, para dotar un proyecto al que hemos llamado Horizonte.
Horizonte, nace con la vocación de poner de manifiesto la realidad de las personas con autismo y de sus familias, así como de ofrecer a estas personas oportunidades de autonomía e independencia en la etapa adulta.
Si quieres ayudarnos solo tienes que seguir el siguiente enlace para hacer tu donación.










